2008/12/22
El pi del carozo III




Es apresurado, momentáneo, elíptico, es así cuando aparece, aunque siempre está, llevamos años conviviendo una vida de escondrijos, escribimos libros que nos dedicamos unos a otros sin dedicatoria, escuchamos nuestros pasos, pensamos efervescencias desvanecidas, ideas gaseosas que como todo gas se pierde, pero no se pierde, el incauto que respira cerca nuestro las toma y de golpe se encuentra rompiendo el huevo frito por el lado más duro, durmiendo con ensaladeras, germinando porotos en el calefón o creciendo fermentos en carcasas de celulares viejos.

Vieron, él no sabía que tenía una colección de celulares muertos en el baño, pero estaba allí, colocada por el anterior inquilino. No se sabe por qué uno se limita a buscar lo inmediato, pero cuando una de esas ideas nuestras, de esas que nos mandamos escritas en libros sin dedicatoria, cuando una de esas es respirada, no se siente un apelotonamiento en la garganta, no se siente un remoloneo circular en el estómago, sí se siente un dolor velado en el pecho como la noche, o un relajamiento vespertino de neuronas, una asociación de magnetos en la horizontal del cuerpo como rayas móviles que te cruzan desde abajo, lentamente, hasta dejar chispas en las orejas de la amiga que vino a visitarte el sábado a la tarde.

En vez de pensar las ideas, las respiramos, creo que es muy extraño que además estén escritas en los libros, pero es así, es como ella que permanece sin permanecer, que se encuentra sin despedirse, que se refleja en mares azules totalmente límpidos y tan extensos como una lámina de gotas en el suelo del baño. ¿Qué gotas son esas? Las que caen por afuera de la cortina, saltan de la ducha y no te dejan, no te dejan preguntar y no te dejan responder.

Yo debo ser igual aunque diferente, no sé, porque siempre nos confundimos en el otro, es una confusión de vestidos sin bombacha, de pelucas sin pelo y de flores sin planta, es una confusión de cortina de baño con un poco de moho marrón que no molesta. Pero hay una armonía nacida del caos y nadie sabe de donde aparece.

Como les decía, les quería explicar esto que es un misterio, como todo lo demás, el asunto del pi del carozo, ya hablamos de aceitunas pero no hablamos de la cáscara y eso me recuerda a Shakespeare: puedo ser el rey del universo sentado en una cáscara de nuez. Algo así era.

Viene ella y se sienta, el vestido le cae entre las piernas, tiene que haber piernas que llegan hasta el piso y tiene que haber manos que buscan el pi y el carozo y los buscan, y ya esto me huele a sexo. Así como las ideas se respiran, el sexo se huele, es mentiras que el sexo se ve, cuando lo vean desconfíen, huelan disfruten las emanaciones que sobrepasan el perfume, la sandía y el melón. Es así que muchos buscan el pi del carozo entre las piernas, dice ella.

Hace calor y la sonoridad de la caverna nos atrae, la atracción sucede como algo simultaneo, como música, otros timbales de corazones abiertos para introducirnos en la oscuridad y volver a una noche ancestral, única madre de todas las noches, madre de todas las madres, resonancias que vuelan, un solo cuerpo hecho de cuerdas vibrantes.

Estamos afinados, dice ella y es un piropo suelto sin vergüenza.

¿Cómo se sale de acá? Nunca se sale, porque esta es la noche en la que todo se ve. Y tengo que respirar como si en la pausa estuviéramos muriendo de sed. Sientan, allá las nubes forman espirales de remolinos y copos que pastan suavemente en las praderas del cielo, les pido que respiren eso con la sed de la falta y de la pérdida, como si el aire no existiera, esto no es tragar agua y ahogarse, no, es que el aire no existe y ni siquiera se puede imaginar respirar. Eso es, ahora sientan que respiran, llenos, llenos de eso que ya saben pero que igual van a seguir preguntando.



 
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2008/12/15
True que





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posted by Leonardo Saravia at 10:11 | Permanganatos | 5 Kols
2008/12/11
El pi del carozo II




II

La idea del carozo de pi me persigue. Es irremediable que piense en aceitunas, aceitunas golosas, diría ella, no es mi estilo, aceitunas carnosas, aceitunas bañadas en un néctar oleoso, aceitunas grandes jugosas con espacio entre ellas para meter los dedos, pero a qué viene todo esto si lo que importa es el carozo.

Pero ahí está ella, está de verdad y en cierta forma es la aceituna, no cae después, no se siembra, cae ahora sin vuelo de pájaro y me tapa en completo silencio. Hay un antes que se sabe, se sabe muy bien lo que va a pasar. ¿Qué pasa? No lo puedo describir, describirlo es pecado mortal, describirlo es limitarlo a una serie de formas impresas, dibujadas en un libro. No. Ve, anda tú, niño y encuentra tus propias formas.

No puedo olvidarme de las palmeras, porque suele haber palmeras con troncos rugosos, demasiado picantes para apoyarse y sin embargo amigas. Esto es algo tropical, parece que hasta en el sueño llega el cambio climático. Está el tema de la música, morochos y timbales, negras bailando el cocotero y jugo de piña. Un sorbete largo, la mesa redonda y con tapa de vidrio, todo es largo, ella tiene el cigarrillo y la boquilla blanca, nos divertimos cuando las negras nos llevan a la pista, aunque no sabemos bailar.

Sigue siendo de noche en medio de la fiesta, la luz es algo velado, no termina de alumbrar, es un eterno eclipse de mares, un solapamiento de tormentas, la aplicación del destino a cada persona en su justa medida, sin rodeos, sin estas vueltas que damos por la pista, que ahora se llenó de gente viscosa y casi nos aprietan, casi nos llevan en su magma de ritmo.
Parece que no termina, que la vida es un baile, y nosotros que no sabemos bailar, dice ella, por supuesto ya no la veo y busco las cortinas, no hay cortinas, se para la música y todos vuelven a sus asientos.

Así es como estar perdido sin el carozo de pi, parado en el escenario sin micrófono, hasta que suben los telones y bajo caminando por el teatro vacío, sin luces por favor que me arruinan el sueño, un par de ratones cuchichean por ahí, me siento en una butaca de cuero tan cuarteada que parece que van a brotar los resortes como flores sin cabeza. ¿Por qué está tan vacío?, nadie vino al concierto. No es que esté triste, ni que tenga lástima, estoy extrañado con la ausencia y no quiero tocar una tecla, no quiero perturbar los aplausos perdidos que corren como fantasmas, en círculos, hasta perderse en la bóveda del techo.

Es una historia sin forma, porque a veces no hay nada que contar, pero lo que no contamos no es siempre igual, es como una dirección dejada en el punto del salto, las acacias mueven sus cabelleras y ella se da vuelta de repente, todo el tiempo me estuvo mirando y me dice: lo de las cortinas está muy visto, sacalo. Se da vuelta y se da vuelta y se va con su máscara tribal, amarilla y roja, al mismo tiempo se pierde entre la gente, roza a los hombres con descuido suficiente para hacerme un par de montañas de celos. Me río de su maldad inocente, así, cuando está enojada es cuando más me gusta perseguirla, o detener la persecución y esperar, eso la enoja mucho más hasta hacerla temblar, entonces puedo seguir la vibración y encontrarla fácilmente, justo antes de que hierva en el punto aceituna, con las cortinas tropicales de lluvia cayendo y truenos que se desplazan, unos sobre otros sin poder decir, ahogando sus sonidos profundos hasta desaparecer.

Entonces veo la mano que flota, delicada, y puedo tocarla y dormir hasta otra noche.




 
posted by Leonardo Saravia at 10:56 | Permanganatos | 4 Kols
2008/12/04
El pi del carozo I


I


Me preocupaba porque se había perdido el pi del carozo, no es que fuera a buscarlo pero estaba perdido y yo entonces me sentaba a escribir en el hotel. Ese hotel me gustaba más que el de ella porque tenía un ascensor de madera que era una reliquia egipcia y que además, sin lugar a dudas, no funcionaba.
La escalera que subía en espiral alrededor del agujero no tenía la malla de alambre que impide que uno meta los dedos las manos y el cuerpo cuando pasa el ascensor, claro, el asunto es que nunca pasaba. Se la sacamos porque queda más romántico, había dicho el dueño, no había dudas de que quedaba mucho más romántico, por eso me gustaba. Además tenía una especie de jardín o patio delantero con unas mesitas de hierro y mármol que servían para sentarse al fresco.
En general no había nadie, se puede decir que era mi casa y también la casa de ella.

Salíamos por ahí a caminar, no se sabía si era de mañana o de noche, ¿por qué saberlo? Había árboles con hojas anchas que tapaban las luces de neón o el sol, era indistinto. Hasta que llegábamos a Lope de Vega y estaba lleno de negocios desconocidos con esterillas y cosas, muchas cosas colgando, se pensaba que eran chinos salidos de la película de Blade Runner, pero yo pisé uno, pisé algo y el tipo estaba atrás mio, me sonrió un poco vacilante, no sé lo que había pisado. Vamos, me dijo ella.

¿Quién es ella?

Es la única que puede sentirse celosa de ella misma y hacer esa pregunta, después, mucho tiempo después, leyendo estas líneas.

Lo que importa es que el tipo no era chino, era un argentino con la barba finita, larga y un gorrito cuadrado con chucherías brillantes, le faltaban los anteojos redondos y los dientes estilo conejo. A ella no la vi, no la vi pero estaba y me dijo: no vas a salir desnudo al balcón o a la calle, te van a echar del hotel. Pero hace calor. Está bien, me puse un pantalón corto y salí a apoyar los brazos en la baranda, siempre es de noche por acá, ya lo había dicho.

Es igual que el sueño donde estoy en el jardín de la esposa de mi papá y debo estar buscando el pi del carozo, recuerdan que dije que no lo iba a buscar, pero uno a veces sucumbe a la tentación. La esposa de mi papá colecciona insectos, no es que los atrape, ellos andan por ahí en el pasto verde, verde ancho y profundo. Algo se movía y parecía una araña de madera, hermosa, marrón con líneas blancas, pero tan grande que daba miedo, mejor me voy porque eso que busco no está acá.

Ella también coleccionaba cosas, no recuerdo qué. ¿Pero quién es ella? Baste saber que no es la esposa de mi papá. Aunque parece que dormíamos en la misma cama, yo vi el olor a sábanas revueltas y una silla desajustada entre el balcón y la mesita de luz. Hay una cortina de otra ventana, una cortina casi transparente que tapa la silla. Ya sé lo que ella colecciona: cortinas blancas, vaporosas, cálidas o pesadas, frías cortinas. No es que tenga valijas y valijas de cortinas esperando ser puestas, sino que aparecen donde ella esté, aparecen y se hacen notar, por eso sé que aunque no la vea, está allí.





 
posted by Leonardo Saravia at 10:48 | Permanganatos | 5 Kols