2008/05/30
Recrear



La pared desapercibida III




Podría encontrarla arrugarla y tirarla a la basura.

Podría llevarla pegada en la espalda todo el día.

Podría hacer un sello y estampar todas las páginas blancas que pasen por mis manos.

Podría vengarme y esculpir ríos en los trazos para que la actitud encuentre su propia tinta.

Podría, y esto sé que te vuelve loca, pintarte tres veces tus caracteres sobre el cuerpo
y entonces
antes de secarnos
recrear la actitud sobre sábanas blancas enmarcar la tela y titularla:
"Sé que todo es una maldita cuestión de actitud".




(Nota robada del blog de LaPaKa)

 
posted by Leonardo Saravia at 09:38 | Permanganatos | 9 Kols
2008/05/22
Sueño colectivo



Formar la célula



Él era un señor bastante viejo que vivía en una casa, también bastante vieja, de esas casas largas con las puertas altas que dan a un patio y una escalera diminuta que sube al cuartito de las herramientas. Después del cuartito hay una habitación que había sido de la hija y una terraza con un montón de macetas vacías.
El señor vivía solo, digamos que se llamaba Rubén, y la casa también vivía sola con él, entre los dos habían llegado a un arreglo: como él no vivía de recuerdos, más bien vivía de las cosas que hacía en su taller del cuartito de arriba, la casa se los guardaba, aunque de forma desordenada y dispersa, era como un de repente encontrarse un papel en el medio del patio.
Un papel que visto desde cerca era una hoja de un cuaderno y estaba rota, cortada con las manos y escrita con lapicera.
Él la levantó, trataba de una chica que caminaba descalza por el pasto y que le gustaba sentir el viento en la piel. Estaba enamorada, eso se veía a la legua, pero quizás él todavía no lo sabía.
En realidad era una carta y terminaba diciendo: te quiero Rubén.
Él fue corriendo a la pared que daba a la casa de al lado y se puso a mirar por el agujero más grande. El revoque se había saltado con el tiempo y se veían los ladrillos, en algunos lugares la mezcla entre los ladrillos también había desaparecido y dejaban pasar la luz, era como si del otro lado hubiera más luz, la pared era una hoja manchada de agujeros mirando al sol.
Alcanzó a ver unos pies que caminaban y se le paró el corazón, ella caminaba. Celina tenía doce años y él tenía trece, Celina caminaba y las piernas eran largas y blancas hasta que se terminaba el agujerito de la pared.
¡Pero Ruben soy yo!
Y se le subió un calor hasta las orejas.
Celina no era de las más lindas, pero ellos eran amigos, ¿cómo pudo aparecer ese papel en el patio?
Él salió a caminar y se metió el papel en el bolsillo. ¿Cómo le va don Ruben?, lo saludó el diariero. Él siguió su camino con una sonrisa y un gesto de la mano: ¡muy bien!
Se sentó en la plaza, había unos árboles de esos que la gente se queja porque son árboles y largan hojas semillas polen y otras cosas que ensucian. Después de los árboles estaba la calle, él sintió deseos, Celina tenía doce y había desaparecido con sus piernas. Un día se mudaron no se sabe a donde, ella no le dijo nada. Él tenía deseos, su mujer se había muerto varios años antes, como se muere la gente, como el árbol que se cayó en la tormenta y después lo cortaron en muchos pedacitos y se los llevaron en un camión.
Pero de lo que quedó del árbol salieron unos brotes muy verdes de hojas muy grandes y él tenía deseos. No eran deseos como a los trece, ni tampoco eran deseos a los dieciséis o a los dieciocho, eran deseos como suaves de la fragancia de las hojas que se abrían y brotaban en ramas que crecían desde el banco de la plaza y llegaban hasta la calle, ¡no era un deseo!, eran muchos deseos de piel que invitaban a saborear el perfume de las cosas.
En eso para un colectivo, un poco más delante de donde él estaba. El chofer se inclina y apoya la cabeza en el volante. Los pasajeros se miran, algunos resoplan, otros miran al viejo sentado en la plaza, un señor de traje se suelta el nudo de la corbata, el colectivo iba bastante lleno, una señora saca un pañuelo, la calle está vacía, las puertas cerradas, una chica apoya el bolso en el piso, un señor deja el maletín, el muchacho apaga la radio, alguien sonríe. Rubén sonríe. No se sabe cómo fue que la mujer ya bastante señora, que estaba en el segundo asiento, dijo permiso y se levantó. Varios dijeron permiso e hicieron algo. La señora con sus pechos bastante abultados y yo diría que coqueta, suspiró y levantó los brazos. Pienso que quería mostrar algo. Todos levantaron los brazos, era muy cómico porque justo antes habían puesto las cosas que llevaban en la mano sobre el piso o colgadas de algún tubo. Con cara de: definitivamente por supuesto hay que hacer algo, el señor tiró su saco por la ventana. Aunque el tiempo iba despacio como un cuenta gotas, se empezó a acelerar cuando los pechos voluptuosos de la señora coqueta aparecieron en corpiño. Rubén miraba con curiosidad aunque sin sorpresa por el agujerito grande que dejaban la vereda, los árboles y el espacio de aire que había hasta el colectivo. Se abre la puerta de adelante, baja la señora del segundo asiento, baja sin el todo pudor que había adquirido en sus casi cincuenta, baja radiante y desnuda como Jane en la película de Tarzán, pero sin el corpiño y sin el taparrabo, le agarra la mano a Rubén y suben. Adentro la ropa estaba sobre los asientos, el único loco que había tirado el saco por la ventana no se preocupaba en absoluto, era un mar de caricias, sin desenfreno porque el tiempo ahora goteaba más despacio que antes, un mar de caricias suaves rápidas lentas altas bajas gruesas gordas finas flacas y algunos jadeos, imposible que no hubieran jadeos, pero eran caricias, ya no había gente en el colectivo era como un pulmón que respiraba lento aunque el corazón latía fuerte. Hasta que el chofer se despertó y empezamos a andar y la gente se fue bajando sin ponerse la ropa ni los documentos ni nada y yo creo que era un sueño de Rubén porque la gente entraba en las oficinas y crecían hojas verdes y todo era un pulmón que respiraba de caricias.
Rubén también se bajó y volvió caminando a la casa, se sentó en la mesa del comedor, miró a la pared que no tenía agujeros y recordó a Celina escribiendo su carta y después corriendo desnuda por el pasto.





 
posted by Leonardo Saravia at 18:33 | Permanganatos | 11 Kols
2008/05/16
¿Por qué?





Erupción abierta



¿Por qué?

Porque se hacen como de goma las páginas del cuarto la habitación la noche de humo.

Humo sin saber donde flotar bajando como sábanas, colchas de mar desde el pent house al que nunca subí.

Y sigue bajando y queda la costra, la carcasa, la de la nuez donde se esconde el universo, la estría, la madera, el saludo temprano el portero, un hombre colgado del árbol.

Recuerdo la luna y es igual, rodando por el horizonte se ve más naranja, ¿viste qué lindo?

¿Pero por qué?

El libro de las páginas de humo
las gotas las cuentas del teléfono
el flotador que esta podrido en el baño que se inunda a la noche
la ventana que da al hueco
y entra por afuera la cosa
eso
que llega a penetrarnos
cemento de humo humedad de la que mata vapores hollín cigarrillo cucarachas y la respuesta suena el celular.

Me voy a comprar una begonia.

Te con te ano te año te com te bom te coo te amn te coñ te amo.





Erupción abierta




 
posted by Leonardo Saravia at 18:53 | Permanganatos | 14 Kols
2008/05/12
Verdecer el desierto





Verdecer el desierto




 
posted by Leonardo Saravia at 10:59 | Permanganatos | 8 Kols
2008/05/05
¿Quién va a parar el Titanic?




¿Quién va a parar el Titanic?



¿Quién va a parar el Titanic?




 
posted by Leonardo Saravia at 10:51 | Permanganatos | 11 Kols