2006/07/04
Duchampu

Había un pabellón blanco, como de museo de arte contemporáneo y en la puerta decía: PARAISO DE LOS DEFECADORES. Había una pared con cañerías a la altura del pecho, cañerías negras con cañitos que bajaban verticales y pegaditos a la pared, hacían un codito simpático a la altura de las pantorrillas y se metían en un receptáculo. Los cañitos llenaban los depósitos de agua de tantos inodoros que estaban unos al lado de los otros todos coloreados con colores tan fuertes. Nada de cosas esfumadas y suaves, grises o cremitas, nada. Colores, manchas, collages, desparramos de visiones rojas azules verdes amarillas naranjas, vastedad de inodoros, experimentos cromáticos diseñados para herir la más insensible de las retinas. El paraíso de los cagadores intempestivos, impetuosos, irrelevantes, irrespetuosos, como señores de traje y corbata y señoritas en pantalón de jean roto y cualquiera de todos ellos los cualquieras que salen a la vida y cagan. Como todos. Pero ahí nadie cagaba y en el baño se hacían largas colas de gentes que no se aguantaban más después de esas paradisíacas visiones y las almas más sensibles como señoras sufrientes de constipación se desmañaban a la vista de tales prodigios, tantos agujeros, tantos huecos por donde aliviar su pena. Un valet de caballeros con levita había sido contratado para tales contratiempos y ventilaban a las sorprendidas señoras en los balcones.

Aunque en las noches se organizaban orgías que nadie podía entender y los olores nauseabundos perduraban flotando y penetrando todas las instalaciones y no había forma de esterilizar y limpiar tales efluvios que se colaban por todo el museo. Debido a ello la muestra fue prontamente clausurada y el sueño terminó y el paraíso de los defecadores dejó de existir.
 
posted by Leonardo Saravia at 16:45 | Permanganatos |